La inmortalidad de José Martí
La inmortalidad de José Martí
Pablo Guadarrama González
En 1876 José Martí escribió: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida; truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron”. No imaginaba entonces que esta enjundiosa idea sería muy válida en su caso, pues luego de caer en combate el 19 de mayo de 1895, su pensamiento y ejemplo de vida pasarían a la inmortalidad. Ya en aquella época su prestigio intelectual era reconocido en América y Europa; sin embargo, su labor política no tanto. Fue a partir de ese momento de inflexión, desde la vida a la inmortalidad, cuando ambas comenzaron a divulgarse con mayor intensidad. Su prosa y su verso, que se confundían –al ser la primera una especie de protoplasma del segundo, según palabras de Lezama Lima–, eran altamente estimados por intelectuales de diferentes latitudes. Incluso, quienes fueron objeto de su aguda crítica, como Domingo Faustino Sarmiento, lo enaltecieron. Durante algún tiempo, la censura colonial española imperante en su isla natal trató inútilmente de opacar el impacto de su verbo;
pero este, como agua entre los dedos, se infiltró en lo más profundo de los cubanos, tanto residentes en suelo patrio como en el exilio, y logró reanimar la convicción independentista que autonomistas y anexionistas habían intentado debilitar. Su carismática personalidad logró unir en un esfuerzo común a conservadores, liberales, socialistas, e incluso anarquistas, con el objetivo no sólo de alcanzar la libertad de Cuba y Puerto Rico, para completar la labor de los próceres independentistas, sino también rescatar la dignidad de todos los pueblos de Nuestra América, ya vejada por el poderoso vecino norteño. Todo parece indicar que a inicios del siglo xx el pensamiento martiano era más conocido y divulgado en varios países latinoamericanos que en Cuba. Era lógico que ni las autoridades estadounidenses que inicialmente habían ocupado la isla usurpando su soberanía, a la caída de la metrópoli española, ni la mayoría de los gobernantes cubanos que asumieron el poder plegados ante el poder yanqui, vieran con agrado que se divulgara el pensamiento patriótico latinoamericanista y antimperialista que destilaba su humanismo práctico.
Esa es la razón que explica cierto silencio cómplice en relación con la promoción de su ideario, hasta que lo impulsó una nueva generación política e intelectual durante la llamada década crítica de los años veinte. Ésta hizo aflorar la necesidad de su divulgación, como plantearía Julio Antonio Mella, quien aspiraba a escribir un libro sobre el Héroe Nacional cubano. Para mantener vivo su emancipador ejemplo en simbólica conexión con la generación independentista, Mella primero invitaría al filósofo Enrique José Varona –quien había asumido en New York la edición del periódico independentista Patria, cuando Martí se incorporó a la lucha insurrecta en los campos de batalla– a acompañarle en la fundación de la combativa Federación Estudiantil Universitaria, y luego, en 1925, junto a Carlos Baliño –quien había acompañado al apóstol en la labor gestora del Partido Revolucionario Cubano– fundaría el Partido Comunista de Cuba. Aunque con anterioridad algunos intelectuales, como Medardo Vitier, le habían otorgado atención al estudio del pensamiento martiano, es a partir del proceso revolucionario, que concluye con el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado en 1933, cuando se abre en Cuba una nueva época de mayor estudio y divulgación de las ideas de José Martí. En esa labor destacarían Jorge Mañach, Juan Marinello y Emilio Roig de Leuchsenring, entre otros. La sentencia según la cual los pensamientos viven perpetuamente y fructifican, especialmente cuando son expresión de intelectuales orgánicos
que con autenticidad ponen su pluma y su praxis al servicio de sus respectivos pueblos, se puso de manifiesto en los jóvenes de la generación del centenario de su nacimiento, cuya mayoría no eran intelectuales, sino obreros y empleados. Cuando, dirigidos por Fidel Castro, atacaron el 26 de julio de 1953 el cuartel Moncada, bastión de la dictadura de Fulgencio Batista en Santiago de Cuba, estaban inspirados en el ejemplo de José Martí; de ahí que lo declarasen el autor intelectual de aquella gesta. La mayor parte de aquellos combatientes, así como los que posteriormente continuaron su lucha en la Sierra Maestra hasta lograr el triunfo revolucionario el 1o de enero de 1959, no conocían suficientemente las ideas socialistas o marxistas, pero sí tenían muy presentes las ideas esenciales del Héroe Nacional cubano. Estaban plenamente convencidos de que “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. Pero a la vez los impulsaba el criterio según el cual “(…) para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria”. Y precisamente ofrendaron sus vidas para rescatarla. La eticidad martiana permeó incluso a algunos miembros del ejército de la dictadura. Tal es el ejemplo del capitán Sarría, quien luego de capturar a Fidel Castro tras los sucesos del Moncada se negó a cumplir la orden de asesinarlo, y en digna y viril postura expresó que “las ideas no se matan”. Por ello lo presentó a la estación de policía para iniciar el debido proceso penal.
No cabe duda de que el triunfo de la Revolución cubana constituyó un pivote esencial para la profundización y promoción de la obra martiana, como lo evidencia la labor del Centro de Estudios Martianos, la edición crítica de sus obras e innumerables estudios sobre su pensamiento, más allá de las fronteras de este país e incluso del continente. Pero esto sólo ha sido posible porque el pueblo cubano ha permanecido firme en su decisión de mantener su soberanía, manipulada durante la república neocolonial, y enfrentar la hostilidad de los gobernantes del vecino poderoso. Fidel Castro tuvo siempre muy presente la idea de José Martí según la cual “Nada es un hombre en sí, y lo que es, lo pone en él su pueblo. En vano concede la Naturaleza a algunos de sus hijos cualidades privilegiadas; porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una montaña”. Por esa razón, tras su desaparición física ambos son enaltecidos por el pueblo cubano. Los pueblos latinoamericanos –al igual que otros del orbe que han sabido luchar por su dignidad y soberanía manteniendo vivo el ejemplo de líderes como Gandhi, Mandela, Martín Luther King, Ho Chi Minh, Mao Tse Tung, etc.– cultivan la memoria de Bolívar, San Martín, O’Higgins, Sucre, Morelos, Hidalgo y Martí, entre otros, pues saben muy bien que “(…) el espíritu de los muertos pasa a alentar el alma de los vivos” y que “(…) el respeto a los muertos meritorios mantiene el mérito entre los vivos”.
Por esa razón, resulta de sumo agrado que una revista como Ayrampu dedique un dossier como el presente a quien debe ser considerado no sólo un cubano, sino un latinoamericano universal. Una prueba de ello es que sus trabajos, cual mina inagotable –según Gabriela Mistral– han sido traducidos a numerosos idiomas y han nutrido el ideario y la praxis de numerosas personalidades, entre las cuales se destacan algunos peruanos como José Carlos Mariátegui, Antenor Orrego, Cesar Vallejo y Víctor Raúl Haya de la Torre. Independientemente de que en la actualidad se pueda disentir de la postura de algunos de ellos, lo cierto es que la impronta del ideario martiano les nutrió, y en distinto grado han desempeñado un significativo papel en la vida cultural y política peruana y latinoamericana. En los tiempos actuales, cuando se aprecia con beneplácito el reconocimiento del valor de las culturas de los pueblos originarios, adquiere mayor vigencia la siguiente propuesta de Martí: “La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia”. En modo alguno esta idea debe interpretarse como una subestimación del valor de la cultura grecolatina o de otras civilizaciones como las orientales, las cuales estimó en alto grado. Solo deseaba puntualizar que era imprescindible estudiar y justipreciar la riqueza de la historia y la cultura de los pueblos de Nuestra América desde sus expresiones ancestrales hasta la actualidad. Estaba plenamente consciente de que “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para
conocerse, como quienes van a pelear juntos”. Por tanto, todo lo que se haga para promover el estudio de la obra martiana, como los artículos de reconocidos conocedores de la misma que publica este dossier de Ayrampu, favorecerá el enriquecimiento del humanismo práctico, el latinoamericanismo y el antiimperialismo, con el válido objetivo de que las nuevas generaciones sientan orgullo por las contribuciones a la cultura universal que desde las entrañas de Nuestra América logró realizar José Martí. Y en ello radica su inmortalidad.