Año 2, Nº 2 (2023) · Obituario · pp. 4-7

Y no nos dimos un abrazo

Velásquez Romero, Dany

Formatos: PDF · pp. 4-7 Resumen y metadatos

Y no nos dimos un abrazo

A la memoria del querido maestro

Juan José Bautista S.

Dany Velásquez Romero

En 2018, el congreso de las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana-JALLA, fue celebrado en el Acre, en el Amazonas brasileño. Ciertamente, llegué a este evento poco motivado y bastante saturado de tanto academicismo inerte, de tanto eurocentrismo, de tanta investigación superficial, de esas que se presentan en 10 o 15 minutos, unas tras otras, como en un show de exhibicionismo, de lucha de egos para los profesores, estudiantes y universidades mostrar cuánto producen… Lo que en realidad me entusiasmaba era conocer esa parte del Amazonas, poder hacer alguna inmersión en la selva, visitar Xapuri, la tierra de Chico Mendes, y bueno, por tratarse de un congreso internacional, quizá también actualizarme sobre algunas investigaciones de literatura latinoamericana contemporánea y su relación con la realidad social y los problemas que vive América Latina, que era el tema que venía trabajando. Alimentaba la vaga esperanza de sorprenderme con algo novedoso. Esto no sucedió en las diferentes jornadas que participé. Presenté mi trabajo, asistí a algunas

mesas medianamente interesantes, hice algunas y algunos amigos de Perú, Venezuela, Bolivia, Argentina, Colombia, Chile, Brasil, con quienes comimos, bebimos, conversamos bastante, y nada más. Todo indicaba que sería otro congreso como a los que estaba acostumbrado. Tal vez un poco mejor por las amistades conseguidas y los contactos realizados. Con los nuevos cómpas, cuates, parceros, llegamos a la conferencia de clausura, cuyo invitado principal era un filósofo boliviano, un tal Juan José Bautista, según la programación. Alguna compañera llegó a decir que éste iba a hablar sobre su

libro llamado ¿Qué significa pensar desde Amé-

rica Latina? , el cual había recibido un premio importante. Nada más sabíamos del conferencista. La sorpresa comenzó cuando en lugar de los acartonados profesores, todas y todos un poco parecidos, en su mayoría blancos, intelectuales aburguesados, con algunos tintes bohemios, en el mejor de los casos, apareció un hombre de lo más sencillo, con claros trazos indígenas, con su piel morena, como la mía, medio bajito, como yo, bastante seguro, firme, con un aura que infundía

respeto y un aplomo que invitaba a la escucha atenta, a la concentración. Sin embargo, la verdadera revelación, la epifanía, se produjo cuando comenzó a hablar, cuando empezó a exponer su libro sobre la pregunta qué significa pensar desde América Latina, desde el lugar de los oprimidos, desde el lugar de los pueblos originarios, cuando fue haciendo referencia a la Filosofía de la Liberación, al pensamiento y al trabajo del maestro Enrique Dussel, a su importancia para la filosofía latinoamericana, a Franz Hinkelamert, Hugo Zemelman, a la “transmodernidad”, a la importancia de descolonizar nuestro pensamiento, al “poder del pueblo en tanto que

pueblo”, al Suma Qamaña o “buen-vivir”…

Como en una película de ciencia ficción o un cuento de Borges o Cortázar, en que el tiempo es relativo y se abren otras dimensiones de la realidad, allí parecía que todo alrededor se hubiese detenido y solo existía ese momento. Era demasiada información que caía como maná, como lluvia en el desierto (en ese desierto en el que dolorosamente se está convirtiendo el Amazonas por el capitalismo suicida) y yo la recibía de brazos abiertos y de cara al cielo. De alguna manera muchas de las ideas que él presentaba yo las intuía, las había descubierto por otros caminos, de la literatura, de la labor académica, intelectual, del mundo, de la experiencia de vida. No obstante, el maestro Juan José las presentaba de una manera tan clara, tan contundente, con tanto fundamento, con tanto “ajayu”, diría él desde su sabiduría aymara, como no lo había

visto ni escuchado antes, ni leído en ningún libro. Es del agua de esta fuente que quiero beber, pensaba mientras él hacia su presentación. Cuando terminó la exposición y tras la ovación de aplausos, como nunca me sucedió con ningún grupo musical, artista, intelectual, ni siquiera en mi adolescencia, salí ansioso, agitado, a buscarlo para saludarlo, para saber dónde podía comprar su libro, para pedirle su contacto, para saber cómo podía conocer más, aproximarme mejor a todo lo que él nos estaba revelando. Sobre el libro me dijo que se había editado en España, que en Brasil no se conseguía. Yo le pregunté si tenía algún ejemplar que me pudiera vender y él respondió que únicamente tenía uno, el que estaba usando, pero que si quería me lo podía dar. Le pregunté el valor y como no me alcanzaba el dinero que tenía, le dije que me diera unos minutos y fui corriendo a pedirle prestado a mis nuevos amigos. Volví con el dinero y él me entregó el libro. También me dio su correo electrónico y me indicó algunas páginas y redes sociales donde podía acompañar parte del trabajo que él y otros representantes de la Filosofía de la Liberación estaban produciendo. Le agradecí y como un fan en éxtasis, me despedí con los ojos brillando y una sonrisa indeleble. Después de este epifánico encuentro regresé a Bahía. Leí ¿Qué significa pensar desde América

Latina? y el asombro y admiración no mermaron,

por el contrario, se consolidaron aún más. Busqué las páginas y enlaces que él me recomendó. Vi todos los videos que pude de sus conferencias,

clases, talleres, entrevistas. Me aproximé también a la obra y al pensamiento de Dussel y a la Filosofía de la Liberación. Finalmente sentía que había encontrado los interlocutores y las voces que tanto anhelaba para efectuar un verdadero diálogo, una verdadera comunicación. Sentí que no estaba más solo. Aproximadamente un año después del congreso en el Acre, surgió la posibilidad de tener una licencia para efectuar estudios de postdoctorado. Yo, que siempre me había resistido tanto a seguir a alguna figura en particular, a nombrar de “maestro” a alguien, ahora lo elegía a él sin duda alguna como mi “Maestro” y tenía toda la convicción que era con él, con Dussel y la Filosofía de la Liberación, que quería realizar estos estudios, seguir investigando, profundizando, descubriendo nuevos horizontes, que a su vez eran los horizontes de mis ancestros, de mis raíces, de nuestra historia que había sido negada y encubierta por más de 500 años desde la llegada de los invasores. Le escribí al correo que me había dado preguntándole si se acordaba de mí y si podía ser mi orientador durante esta estancia postdoctoral. Demoró un poco en responder y cuando lo hizo me dijo que cómo no iba a recordar a la persona que fue corriendo a pedirle prestado dinero a sus cuates para comprar su libro. Muy generosamente afirmó que podía contar con él y Enrique Dussel para realizar estos estudios en México, donde él estaba viviendo y trabajando. Luego de sortear los pesados y complicados trámites burocráticos, logré viajar. Llegué a CDMX el 18 de

marzo de 2020, justo cuando se decretó la cuarentena y el aislamiento obligatorios debido a la pandemia global por el COVID-19. El “día en que la Tierra paró”, como diría el músico brasileño Raúl Seixas. Además de la pandemia, nuestro reencuentro se vio frustrado porque debido a problemas de salud el maestro había regresado a su tierra natal, Bolivia, para realizar un tratamiento con medicina ancestral, según me dijo días más tarde. A pesar de todos estos obstáculos, logramos comunicarnos por email y luego por vía telefónica. Él me dio algunos contactos importantes en México, a través de los cuales pude conocer otras y otros integrantes de la Filosofía de la Liberación. Inclusive pude ser su alumno en los cursos sobre Benjamin que impartió durante los dos semestres del 2020. Todo por medio de las plataformas virtuales, a las cuales él era tan reticente, pero que comenzaron a hacer parte de la nueva realidad impuesta por la pandemia, o mejor sería llamarla “plan-demia” global. También pude conocer y tener algunos diálogos con el maestro Enrique Dussel, lo cual fue maravilloso. Sin embargo, ansiaba por el reencuentro con el maestro Juan José, por ese cara a cara tan importante, tan insustituible. A veces pensaba en las charlas que tendríamos, en que seguramente nos haríamos amigos, quién sabe hasta echarnos unos tequilas, por qué no, darnos un fuerte abrazo, platicar sobre su vida y la mía, conocer nuestras familias, invitarlo a Bahía… Las veces que conversamos él estaba ansioso por regresar a México, allí estaba su compañera

y sus dos pequeños hijos. Pensaba llegar a fines de año. Inclusive llegó a decirme que cuando estuviera en México quería que fuera a su casa a comer, a conocer a su familia. Yo por supuesto le dije que sería un placer. ¡Qué bueno hubiera sido! Como no se pudo en diciembre, después dijo que pensaba viajar en enero, después en febrero. Sin embargo, la cuestión de la pandemia no mejoraba, cada vez aumentaba más el número de contagios y de víctimas, los protocolos para viajar se hacían más complicados, y lo peor de todo, su salud tampoco mejoraba. Finalmente llegó la hora de retornar a Brasil, de volver al trabajo en la universidad, a mi vida en Bahía. Antes del viaje conversamos por teléfono y lamentamos mucho no habernos podido encontrar durante ese penoso año. Pero me dijo que lo importante era que ya me había aproximado a la Filosofía de la Liberación, que había conocido a Dussel y otros importantes contactos, que se habían iniciado los trabajos. Que tenía que seguir desarrollando los temas. Que el camino era la filosofía y la mística, las dos juntas. Enfatizó mucho esto. Volví a Brasil en marzo de 2021. Él seguía en Bolivia y a pesar de los esfuerzos y tratamientos su salud no mejoraba. Dos meses después, en mayo, justamente el día que me encontraba en un barco con mi esposa, mi madre y nuestras pocas pertenencias, saliendo da la ciudad para volver al campo, a la Pachamama, materializando esa transformación existencial, que él tanto insistía, para no quedarnos apenas en el discurso teórico,

nos enteramos de la triste noticia de su partida. El maestro se juntaba a los ancestros, para desde allí continuar luchando por la comunidad de vida, como muy bien lo dijo su querida esposa. Sentí un dolor profundo, una tristeza indescriptible, pero al mismo tiempo una gratitud inmensa por todo lo que me había donado, por todo lo que había aprendido, por todos los horizontes utópicos que me había abierto. En medio de todo ese torbellino de emociones, retumbó una frase que cerraba esa espiral de enseñanza, de sabiduría, de encuentros y desencuentros que es la vida misma: “Y no pudimos darnos un abrazo…” ¡Jallalla querido maestro, jallalla!

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